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sábado, 21 de mayo de 2011

Casa de Estrellas. Parte 1: Amy

El taxi se detuvo suavemente en medio de la calle y la muchacha se apresuró a saltar a la acera con agilidad. Sus ojos viajaron rápidamente por el distrito comercial y se posaron casi automáticamente en el edificio frente a ella. 

Comprobó el pequeño recorte de papel que tenía en las manos. 

Calle Ilusión, número 12. 

No había duda, era allí.

En medio de la gran ciudad, en uno de los barrios más grandes y concurridos, la enorme casona de piedra gris parecía habérselas ingeniado de alguna manera para sobrevivir a la embestida de los años y el avance de los rascacielos y los comercios. Se erguia con el orgullo de una vieja señora que había visto mundo y miraba a la calle no sin cierto desdén a través de las ventanas que aún lucían viejas contraventanas de madera, aferrándose a los años, los recuerdos y la historia. Y era una mansión que sin duda tenía mucho que recordar. Conocida como La Casa de las Estrellas, pocos sabían cual era el origen de dicho nombre y cuantas historias y memorias escondía. Pero la jovencita lo sabía muy bien, no en vano aquella casona orgullosa y altiva se iba a convertir pronto en su nuevo hogar. Y es que La Casa de las Estrellas había sido durante generaciones el refugio de los jóvenes artistas, de los soñadores que habían renunciado a todo para perseguir sus esquivas ilusiones. Por allí habían pasado muchos de los personajes más ilustres y famosos de la sociedad, habían vivido en aquella casona, habían dormido, reído y llorado en sus habitaciones, habían creado y crecido entre sus paredes y habían triunfado... y se habían marchado, como aves que dejan el nido vacío para dar la bienvenida a nuevos soñadores, a nuevos aspirantes... a personas como ella. Aunque por supuesto todo esto casi nadie lo sabía, nadie más que los propios habitantes, viejos y nuevos, de aquella mansión. No en vano era aquella casa considerada un mausoleo, un refugio para las promesas que no se querían dar por rendidas.

La chica contempló con ojos soñadores la vieja fachada gris, la valla, la puerta de madera que daba la bienvenida a una pequeña terraza de descoloridos adoquines rojos... Y aspiró su aroma, el fragante olor a rosas y jazmín que se colaba como un intruso entre los olores conocidos de la calle (comida, especias, plástico, humo etc.) y se disolvía desapercivido para todo aquel que no supiera que estaba allí.

El taxista dejó caer su pesada maleta rosa a su lado y la muchacha salió de su trance con un sobresalto y de regreso a la realidad. Se giró hacia el hombre con una sonrisa y el taxista, un orondo hombre ya bien entrado en los cuarenta, se la devolvió.

-Ya estamos aquí-anunció con voz alegre y cavernosa- Espero que te vaya muy bien y que consigas triunfar pronto-le guiñó un ojo cómplice. Habían tenido una alegre charla durante el viaje desde el aeropuerto- Me aseguraré de estar atento a la tele y la radio hasta que aparezca.

La chica rió suavemente.

-Muchas gracias. Me aseguararé de hablar sobre ese encantador taxista que me dio la bienvenida a la ciudad cuando tenga mi primera entrevista-contestó.

El hombre asintió y con un ademán de mano se giró y regresó lentamente al coche. Se detuvo un instante antes de abrir la puerta y se volvió pensativo. La adolescente seguía allí, de pie, mirando soñadora la fachada del viejo edificio como si fuera una obra de arte. 

-¿Cómo te llamas?-preguntó alzando la voz para hacerse oír entre el ruido del tráfico y la calle- Para que pueda contar historias sobre ti cuando te hagas famosa.

La muchacha se volvió lentamente hacia él, una sonrisa encantadora danzando en sus labios.

-Amy-exclamó-Me llamó Amy.

El taxista asintió y extendió su mano hacia ella como si disparara.

-Me aseguaré de decir que la famosa Amy se montó en mi taxi.- repuso- Estaré esperando que te hagas famosa para poder fardar.

-¡Yo también!- gritó ella alegremente y la naricilla se le arrugó de forma adorable al reír.

Con una sonrisa el taxista entró en el taxi y se puso en marcha. Observó por el retrovisor la silueta solitaria de la muchacha mientras se alejaba y dejó escapar un suspiro. Allí de pie, sola, con una maleta cargada de sueños... parecia tan vulnerable. El hombre se preguntó cuantas personas llegarían a la ciudad buscando la fama y cuantos fracasarían en el intento. Pero por alguna razón deseaba de todo corazón que Amy, aquella simpática jovencita, lo consiguiera.

Sin saberlo se acababa de convertir en su primer fan y acabaría siguiendo su carrera con una devoción impropia de un hombre de su edad, casi con el orgullo de un padre que ve crecer a su polluelo. Pero mientras solo veía su figua repleta de ilusiones y esperanzas.

Frente a la Casa de las Estrellas Amy se decidió al fin a entrar. Dio un paso al frente arrastrando la pesada maleta tras ella con un traqueteo y una suave brisa le salió al encuentro y le despeinó el cabello con suavidad y la bañó con la efimera fragancia de las flores, como una cálida bienvenida.


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